Doce semanas antes.El contrato había sido más sencillo de lo que Valentina esperaba, y más complicado de lo que había previsto.Sencillo porque Sebastián Mondragón era, en el fondo, un hombre de negocios. Definía términos, establecía condiciones, ponía límites con la precisión de quien ha aprendido que la ambigüedad es el origen de todos los conflictos. Cada cláusula era clara. Cada expectativa, articulada. Valentina, que tenía experiencia leyendo contratos de diseño que a veces parecían redactados en otro idioma, lo entendió todo a la primera.Complicado porque vivir en el penthouse de Sebastián Mondragón durante dos meses —parte de los requisitos del testamento del abuelo, que exigía convivencia probada— no era lo mismo que firmar un papel.La primera semana fue de guerra fría.Valentina llegó con una maleta mediana, su laptop, y la firme convicción de que podía ser invisible dentro del apartamento más grande en el que había estado en su vida. Nueve habitaciones, cuatro terrazas, u
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