El avión aterrizó a las seis y cuarenta de la mañana, hora de Tokio, con una puntualidad que Valentina encontró ligeramente ofensiva dado el estado en que se encontraban los tres pasajeros del asiento 14A, 14B y el moisés de cabina que había costado dos llamadas al servicio de atención al cliente de la aerolínea y una conversación con el supervisor del aeropuerto de origen que Sebastián había manejado con la eficiencia de quien negocia contratos millonarios y no va a dejarse vencer por la buroc