Mundo ficciónIniciar sesiónDoce semanas antes.
El contrato había sido más sencillo de lo que Valentina esperaba, y más complicado de lo que había previsto. Sencillo porque Sebastián Mondragón era, en el fondo, un hombre de negocios. Definía términos, establecía condiciones, ponía límites con la precisión de quien ha aprendido que la ambigüedad es el origen de todos los conflictos. Cada cláusula era clara. Cada expectativa, articulada. Valentina, que tenía experiencia leyendo contratos de diseño que a veces parecían redactados en otro idioma, lo entendió todo a la primera. Complicado porque vivir en el penthouse de Sebastián Mondragón durante dos meses —parte de los requisitos del testamento del abuelo, que exigía convivencia probada— no era lo mismo que firmar un papel. La primera semana fue de guerra fría. Valentina llegó con una maleta mediana, su laptop, y la firme convicción de que podía ser invisible dentro del apartamento más grande en el que había estado en su vida. Nueve habitaciones, cuatro terrazas, una cocina que parecía el set de un programa de gastronomía y una vista al skyline de la ciudad que le robó el aliento la primera vez que la vio, aunque jamás lo habría admitido. —Su habitación es la segunda a la derecha —le dijo Sebastián esa primera noche, sin mirarla, con la atención puesta en la pantalla del computador—. Desayuno a las siete. No tengo costumbre de almorzar en casa. La cena, si coincidimos, es a las ocho. —¿Y si no coincidimos? —Mejor así. Valentina guardó sus comentarios en el lugar donde guardaba todas las cosas que no convenía decir en ciertos contextos —un espacio mental que, con los años, se había vuelto considerablemente grande— y se fue a su habitación. La cama tenía sábanas de un hilo que probablemente costaban más que su alquiler mensual. Valentina durmió de un tirón hasta las seis y media, y al despertar sintió, por primera vez en dieciséis meses, que no tenía el peso del mundo sobre el pecho. Le dio vergüenza lo mucho que eso la alivió. ✦ ✦ ✦ La segunda semana fue de descubrimientos incómodos. El primero: Sebastián Mondragón se levantaba a las cinco de la mañana, hacía cuarenta y cinco minutos de ejercicio en el gimnasio privado del piso de abajo y llegaba a la cocina en ropa deportiva con el pelo húmedo, tomaba café solo y leía dos periódicos antes de que ninguna persona razonable hubiera abierto los ojos. El problema era que Valentina también madrugaba —hábito heredado de una madre que decía que las mejores ideas llegaban antes del sol— y se los cruzaba en la cocina con una frecuencia que ninguno de los dos había anticipado en el contrato. Al principio se ignoraban con la cortesía tensa de dos personas que comparten espacio pero no confianza. Después comenzaron los monosílabos. Después, sin que ninguno pudiera señalar el momento exacto, llegaron las frases. —Ese café está demasiado cargado —dijo él un martes, mirando la cafetera con expresión de ofensa personal. —Entonces no lo tome —respondió ella, sin levantar los ojos del boceto que estaba desarrollando. Silencio. —¿En qué trabaja? —preguntó él, y el hecho de que preguntara fue, en retrospectiva, la primera señal. —Diseño gráfico. Marcas, identidad corporativa, materiales para eventos. —Una pausa—. Como los que su empresa contrató para la gala donde nos conocimos. Él la miró entonces. No con la evaluación calculadora de aquella primera noche, sino con algo distinto. Algo que Valentina no supo nombrar en ese momento. —¿Es buena? —Soy la mejor que puede pagar con lo que me ofreció. —Sonrió, breve y sin malicia—. Y eso ya es decir mucho. Sebastián Mondragón bebió su café. Y, aunque de espaldas, Valentina habría jurado que algo en la línea de sus hombros se aflojó apenas un milímetro. ✦ ✦ ✦ El evento decisivo fue en la quinta semana, y no tuvo nada de romántico. Rodrigo Mondragón —el hermano menor, el que siempre llegaba sin avisar y con la energía de alguien que ha decidido que la vida es demasiado corta para las formalidades— apareció un domingo con dos botellas de vino y la noticia de que había reservado mesa para cuatro en el restaurante más difícil de conseguir en la ciudad. —Para cuatro —repitió Valentina, mirándolo con suspicacia—. ¿Quiénes son los otros dos? —Tú, mi hermano, yo, y mi novia de turno, que por cierto es encantadora y va a adorarte. —Rodrigo le sonrió con esa facilidad que tenía para hacer que las cosas imposibles parecieran inevitables—. Venga, que ya van a ser las ocho. Sebastián apareció en la puerta del salón con el saco en la mano y la expresión de alguien que también ha sido arrastrado a esto sin consultarle. —No tienes que venir —le dijo a Valentina, con voz neutral. —¿Y dejar a tu hermano pensando que nuestra relación es tan convincente que no necesitamos aparecer juntos en público? —respondió ella, tomando su bolso—. Parte del trato era parecer reales, Mondragón. Fue la primera vez que le dijo su apellido así, sin el «señor». Él no lo corrigió. La cena fue reveladora de maneras que ninguno anticipó. La novia de Rodrigo se llamaba Sofía, era actriz de teatro y hacía preguntas con la honestidad desarmante de quien no ha aprendido que hay temas que no se tocan en la primera reunión. Preguntó cómo se habían conocido. Valentina contó la versión acordada —la de la gala, el encuentro, el flechazo— con la fluidez de quien ha practicado. Pero entonces Sofía preguntó algo que no estaba en el guión: —¿Y cuándo supiste que lo amabas? Valentina abrió la boca. La cerró. Miró a Sebastián, que la estaba mirando a ella con una atención que le pareció demasiado real para alguien que solo estaba actuando. —Cuando me di cuenta de que le irritaba que yo existiera —dijo Valentina al fin, con voz suave— y que, en vez de alejarse, seguía apareciendo en la cocina a las seis de la mañana. Rodrigo soltó una carcajada. Sofía sonrió. Y Sebastián Mondragón, que no sonreía en público porque sonreír en público era una forma de vulnerabilidad que él no se permitía, torció apenas la comisura del labio. Valentina lo notó. Y ojalá no lo hubiera notado. ✦ ✦ ✦ La noche que no debió existir llegó en la séptima semana. Era la firma del acuerdo con Altamira. La celebración fue en el ático. Cien personas. Champán de burbujas perfectas. El tipo de éxito que se huele en el aire. Valentina había bebido dos copas, que era una más de las que normalmente se permitía en eventos de trabajo. Sebastián había bebido tres, que era dos más de lo que Valentina había visto que bebiera en siete semanas de convivencia. Los invitados se fueron a medianoche. El apartamento quedó en silencio. Estaban en la terraza. La ciudad brillaba abajo como un mapa de constelaciones caídas. Hacía ese tipo de frío que no es desagradable sino que despierta. Y Sebastián estaba mirando el horizonte con una expresión que Valentina había aprendido a leer sin que él lo supiera: no era frialdad. Era soledad. —¿Lo extraña? —preguntó ella, sin necesidad de aclarar a quién se refería. El abuelo. El hombre que puso esa cláusula en el testamento porque, según le había contado Rodrigo una tarde, lo único que quería para su nieto mayor era que no muriera solo. Sebastián tardó en responder. —Era el único que sabía cómo hablarme —dijo al fin—. Sin miedo. Sin agenda. Valentina asintió despacio. —Mi madre es así. —Una pausa—. Por eso no puedo dejar que muera. No había calculado que iba a decir eso. Que iba a dejar entrar esa verdad en la conversación. Pero el vino y el frío y la soledad compartida hacen cosas raras con las palabras. Sebastián se giró a mirarla. Por primera vez desde que se conocían, lo hizo sin la evaluación ni la distancia. Solo la miró. —Va a mejorar —dijo, con una convicción en la voz que no le había escuchado antes, no en ese tono, no hacia ella. —Usted no sabe eso. —No. Pero lo digo de todas formas. Y entonces pasó lo que no debió pasar, lo que ninguno de los dos mencionaría en las semanas que seguirían, lo que el contrato expresamente prohibía y el corazón, al parecer, no sabe leer: Él se acercó. Ella no se alejó. Y la noche que no debió existir, existió.






