La noticia llegó un jueves por la mañana, como llegan todas las noticias inconvenientes: sin aviso, en el peor momento posible, con una velocidad que sugería que el mundo llevaba tiempo esperando el momento adecuado para lanzarla.
Valentina estaba desayunando en el apartamento nuevo —llevaba cuatro días instalada, todavía con cajas sin abrir junto a la ventana del estudio— cuando Daniela la llamó con el tono que solo usaba en situaciones de emergencia clasificable.
—No abras redes sociales —fue