CAPÍTULO VI Nuevas reglas

Sebastián se fue a las nueve de la noche, con la taza de café vacía sobre la encimera de Valentina y una frase que ella siguió escuchando en bucle mucho después de que el ascensor cerrara sus puertas:

«No vas a hacerlo sola.»

No era una pregunta. No era una propuesta. Era la declaración de alguien que ya había tomado una decisión sin avisar a nadie, incluido él mismo.

Valentina se sentó en el sofá con las piernas cruzadas y el silencio del apartamento envolviéndola como algo vivo. Afuera, la ciudad seguía con su ruido habitual de bocinas y voces y el mundo que no se detiene por los giros inesperados de la vida privada. Adentro, ella intentaba ordenar lo que acababa de ocurrir con la misma meticulosidad con la que ordenaba sus carpetas de trabajo, y descubrió que los sentimientos, a diferencia de los archivos, no obedecían ninguna taxonomía.

Estaba embarazada de un hombre con quien había firmado un contrato.

Ese hombre había aparecido en su puerta, había dicho cuatro palabras que cambiaban el peso de todo, y se había ido dejando más preguntas que respuestas.

Valentina tomó su libreta —la de bocetos, la que siempre tenía cerca— y en la primera página en blanco que encontró escribió, con la letra controlada que usaba cuando necesitaba que sus pensamientos se volvieran concretos:

¿Qué significa «no vas a hacerlo sola»?

¿Qué quiere de esto?

¿Qué quiero yo?

La tercera pregunta la miró durante tres minutos seguidos. Después cerró la libreta.

✦ ✦ ✦

Sebastián llamó al día siguiente a las ocho de la mañana.

No era el número corporativo. Era otro número, desconocido, que Valentina vio parpadear en la pantalla con la misma sensación de alguien que está a punto de abrir una puerta sin saber qué hay del otro lado.

—¿Valentina?

—Sí.

—Soy Sebastián. Cambié el número. —Una pausa—. Quería que lo tuvieras.

Valentina procesó eso.

—Gracias.

—Necesitamos hablar. En serio. No como anoche, que fue... —buscó la palabra— reactivo. Con calma.

—¿Cuándo?

—¿Hoy?

Valentina miró el calendario mental de su día: dos entregas, una llamada con un cliente nuevo, una cita médica a las cuatro que había confirmado la semana anterior.

—Tengo médico a las cuatro.

Un silencio breve.

—¿Puedo ir?

Valentina abrió la boca. La cerró. No era lo que había esperado.

—Es solo una consulta de rutina.

—Lo sé. —Pausa—. ¿Puedo ir?

Había algo en el tono que no era exigencia. Era otra cosa. La misma cosa que había en su voz cuando preguntó por la madre de Valentina aquella última noche del contrato: una especie de cuidado inusual en un hombre que había construido toda su persona sobre la apariencia de no necesitar ni dar ninguno.

—Está bien —dijo Valentina.

✦ ✦ ✦

La doctora Ramírez era una mujer de cincuenta años con manos de pianista y la capacidad de hacer que cualquier noticia complicada sonara manejable. Había atendido a Valentina desde que esta se instaló en el barrio, cuatro años atrás, y la conocía lo suficiente para no sorprenderse de que llegara a la consulta de control prenatal acompañada de un hombre que no parecía exactamente un marido de fin de semana.

Sebastián había llegado a la clínica antes que ella. Estaba de pie cerca de la entrada, sin saco esta vez, con una camisa azul marino que Valentina no le conocía y que hacía que pareciera ligeramente menos el CEO de un conglomerado y ligeramente más una persona.

No se saludaron con beso. No se dieron la mano. Caminaron juntos hacia la recepción con la proximidad de dos personas que se conocen bien pero aún no saben exactamente qué son el uno para el otro.

En la consulta, la doctora Ramírez fue directa y precisa. Doce semanas y dos días. Todo en orden. El corazón del bebé latiendo con esa regularidad pequeña y contundente que convierte una idea abstracta en una realidad que ocupa espacio.

Sebastián escuchó cada palabra con la misma atención con la que escuchaba las presentaciones de sus directivos: total, sin interrumpir, procesando.

Cuando la doctora preguntó si tenían preguntas, él levantó la mano —un gesto tan inesperadamente formal que Valentina casi sonrió— y preguntó tres cosas seguidas: qué debía evitar ella en las próximas semanas, qué señales requerían atención inmediata, y cuándo sería la próxima ecografía.

La doctora Ramírez respondió todo con la misma calma profesional, aunque Valentina notó que le lanzaba una mirada evaluativa a Sebastián que decía, sin palabras, que lo aprobaba provisionalmente.

En el pasillo, camino a la salida, Sebastián no dijo nada durante veinte pasos. Valentina lo contó.

—¿Estás bien? —preguntó ella, que ya había aprendido que era la pregunta que nadie le hacía y que, sin embargo, siempre funcionaba.

—Sí. —Pausa—. Es más real así.

—Sí —dijo Valentina.

Un momento de silencio compartido, del tipo que no es incómodo sino que tiene textura propia.

—Quiero que hablemos mañana. Con tiempo. —Sebastián se giró a mirarla—. Te propongo algo y tú decides si quieres o no. Sin presión.

—¿Sin contrato?

Él la miró durante un segundo.

—Sin contrato.

Valentina asintió.

Y mientras caminaban hacia el estacionamiento bajo el sol de las cinco de la tarde, por primera vez en días sintió que el suelo bajo sus pies era ligeramente más firme de lo que había sido.

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