Sebastián se fue a las nueve de la noche, con la taza de café vacía sobre la encimera de Valentina y una frase que ella siguió escuchando en bucle mucho después de que el ascensor cerrara sus puertas:
«No vas a hacerlo sola.»
No era una pregunta. No era una propuesta. Era la declaración de alguien que ya había tomado una decisión sin avisar a nadie, incluido él mismo.
Valentina se sentó en el sofá con las piernas cruzadas y el silencio del apartamento envolviéndola como algo vivo. Afuera, la ci