Mundo ficciónIniciar sesiónA la mañana siguiente, Valentina se despertó sola.
Lo primero que notó fue que no estaba en su habitación. Lo segundo, que la cama era más grande que la suya. Lo tercero, que había luz entrando por las persianas de una manera que indicaba que era tarde —mucho más tarde de las seis y media a la que su cuerpo estaba acostumbrado— y que afuera, en algún lugar del apartamento, había silencio. El tipo de silencio que no es tranquilidad, sino ausencia. Sebastián Mondragón no estaba. Valentina se incorporó despacio. Encontró su vestido doblado sobre la silla del escritorio —cosa que no recordaba haber hecho ella— y una nota en el buró, escrita con la letra vertical y controlada que había aprendido a reconocer como inequívocamente suya: «Tengo reunión a las 7. El café está hecho.» Eso era todo. Nada de «lo de anoche fue un error». Nada de «necesitamos hablar». Nada de «esto cambia las cosas» o «esto no cambia nada» o cualquiera de las frases que la gente dice en las mañanas después de noches que no deberían haber ocurrido. Solo: «Tengo reunión a las 7. El café está hecho.» Valentina lo leyó dos veces. Después lo dobló, lo metió en el bolsillo de su vestido, y se fue a su habitación a ducharse con el agua tan caliente como pudo soportarla. ✦ ✦ ✦ Durante los diez días que siguieron, mantuvieron una normalidad que solo podía describirse como obra maestra del autocontrol colectivo. Desayunos breves. Conversaciones funcionales. Apariciones conjuntas en los eventos que el contrato requería —una cena con accionistas, una visita familiar al campo donde vivía una tía que Valentina no conocía y que, sin embargo, la abrazó como si la hubiera extrañado—. Todo correcto. Todo dentro de los parámetros. Excepto por las miradas. Valentina no era de las que evitaban el contacto visual. Toda su vida había aprendido que mirar a alguien a los ojos era una forma de respeto, de presencia. Pero había algo en la manera en que Sebastián la miraba ahora —algo que no era la evaluación fría del principio, ni la atención cuidadosa de las semanas intermedias— que la ponía en alerta de una manera que no sabía cómo manejar. Era como si la estuviera recordando. Como si, cada vez que sus miradas se cruzaban, los dos supieran exactamente lo que no estaban diciendo. ✦ ✦ ✦ El día doce, Rodrigo apareció sin avisar —como era su costumbre— y encontró a Valentina en el salón trabajando en los bocetos de una identidad corporativa para una panadería en el sur de la ciudad, con auriculares puestos y una concentración que Rodrigo, evidentemente, no consideró razón suficiente para no interrumpir. —Oye —dijo, dejándose caer en el sofá frente a ella con la desfachatez de quien ha crecido tratando ese apartamento como propio—, ¿puedo preguntarte algo personal? —No. —¿En serio están juntos? —preguntó de todas formas. Valentina bajó los auriculares con parsimonia. —¿Perdón? —Que si en serio están juntos —repitió Rodrigo, sin un ápice de vergüenza—. Porque llevo semanas observándolos y hay algo... raro. Sebastián no mira a nadie como te mira a ti. Pero tampoco actúa como actúa con las personas que le importan. Y tú lo miras a él con esa cara de... —¿De qué cara? —cortó Valentina, con voz peligrosamente tranquila. —De alguien que está tratando de no mirarlo. Silencio. Valentina recogió sus papeles con movimientos precisos y controlados. —El contrato dice que somos pareja. Eso es todo lo que necesitas saber. —¿Hay un contrato? —Rodrigo enarcó las cejas—. ¿En serio hay un contrato? —Rodrigo. —Mira, no te juzgo. Sebastián hace cosas raras para protegerse. Siempre lo ha hecho. —El tono se volvió más serio, menos juguetón—. Lo que me preocupa es que tú también termines protegiéndote de él. Valentina lo miró. —No me conoces lo suficiente para preocuparte por mí. —No —admitió él—. Pero lo conozco a él. Y sé que cuando Sebastián empieza a mirar a alguien de esa manera, la única persona en peligro es él mismo. Valentina no supo qué responder a eso. Así que no respondió nada. Rodrigo se levantó, tomó una manzana del frutero como si fuera a casa, y en la puerta se giró: —Cuídate, Valentina. Lo dijo como advertencia. O como súplica. O como las dos cosas al mismo tiempo. ✦ ✦ ✦ La última semana del contrato llegó con la silenciosa inevitabilidad de las cosas que uno sabe que vienen pero para las que nunca está del todo listo. Valentina hizo su maleta un jueves por la tarde, con la meticulosidad de quien ha vivido lo suficiente para saber que el orden externo ayuda cuando el interno se desmorona. Doblaba blusas con precisión milimétrica. Enrollaba cables. Revisaba que no hubiera olvidado nada en los cajones. No había olvidado nada en los cajones. Había olvidado otras cosas. Cosas que no caben en maletas. Sebastián la encontró así, a las ocho de la noche, y se detuvo en el umbral de la puerta de su habitación —su habitación, la que había sido suya durante dos meses— con una expresión que Valentina no le conocía todavía. —¿Mañana? —preguntó él. —Mañana —confirmó ella, sin levantar los ojos de la maleta. Él no se fue. Valentina siguió doblando ropa. —El pago ya está en tu cuenta —dijo él. —Lo sé. Gracias. —¿Tu madre...? —Empieza el tratamiento el lunes. Un momento de silencio. Valentina escuchó sus propios latidos con más claridad de la que habría querido. —Bien —dijo Sebastián. Y era solo una palabra. Una palabra de cuatro letras. Pero tenía algo adentro, algo que Valentina no podía nombrar sin riesgo de equivocarse, y que sonaba peligrosamente a alivio. Se giró a mirarlo al fin. Él seguía en el umbral. El apartamento detrás de él, con sus nueve habitaciones y sus cuatro terrazas y su vista de constelaciones caídas, parecía de repente demasiado grande para una sola persona. —¿Tú estarás bien? —preguntó ella, y no era lo que había planeado decir. Sebastián la miró con esa expresión que no era sorpresa sino algo más parecido al reconocimiento. Como si nadie le hubiera hecho esa pregunta en mucho tiempo. —Siempre lo estoy —respondió. Valentina asintió. Se giró de nuevo hacia la maleta. —Sebastián. Él esperó. —Lo de aquella noche... —empezó, y luego se detuvo, porque no sabía cómo terminar la frase de ninguna manera que no la pusiera en riesgo. —No tienes que decir nada —dijo él, con voz tan baja que casi se perdió en el silencio del apartamento. —Necesito que sepas que no... que yo no... —Respiró—. No era parte del trato. Un silencio. —Lo sé —dijo él. Y luego, después de una pausa que duró lo suficiente para volverse significativa—: Para mí tampoco. Valentina no levantó los ojos. Sebastián se fue. Ella terminó de hacer la maleta con manos que no temblaban porque se lo había ordenado a sí misma, y esa noche durmió en la cama de sábanas caras por última vez, mirando el techo hasta que el cansancio fue más fuerte que los pensamientos. Al día siguiente se fue. Tres semanas después, estaba en el suelo de otro baño, mucho menos lujoso, sosteniendo otra prueba de embarazo. Con dos líneas.






