Dormir se volvió un lujo. Desde la última conversación con Kael —si es que a eso podía llamarse—, mi cabeza no había parado ni un segundo. Me revolvía entre las sábanas como si fueran cadenas invisibles, atrapada entre el deseo ardiente que él provocaba y el miedo latente que no lograba sacudirme.
Y lo peor es que lo sentía incluso cuando no estaba cerca. Como si su presencia quedara impregnada en los muros de la cabaña, en el aire denso que se colaba por las rendijas de la ventana, en el latid