El aire en la cabaña estaba denso, cargado con el olor a madera quemada y a miedo reprimido. Mis manos temblaban ligeramente, a pesar del calor que aún me envolvía tras el último enfrentamiento. Allí, frente a mí, estaba él: el hombre del pasado, un fantasma que creía sepultado bajo los escombros de mi memoria.
Sus ojos, apagados y hundidos, me miraban con una mezcla de súplica y resignación. La marca oscura que surcaba su piel parecía arder con una agonía que traspasaba lo físico, un fuego int