El dolor me consumía desde dentro, un fuego abrasador que no se apagaba ni con el frío de la noche ni con las hierbas que Kael insistía en poner sobre mi piel ardiendo. Era como si mi sangre se hubiera convertido en lava líquida, hirviendo y burbujeando en cada vena, y no podía encontrar un respiro. Caí enferma apenas horas después del enfrentamiento con aquel hombre del pasado, y ahora la casa se había transformado en una prisión de sombras y susurros.
Kael estaba allí, siempre allí. Su presen