La luna llena colgaba alta y redonda en el cielo, iluminando el campamento con un resplandor plateado que parecía revelar cada hoja, cada sombra, cada secreto escondido en la espesura del bosque. Había llegado el momento que tanto temía y esperaba al mismo tiempo: tomar el mando de la manada oficialmente. No solo por necesidad, sino porque sentía el peso del fuego en mi sangre reclamando que liderara, que fuera más que una loba, que fuera la Alfa que esta familia necesitaba.
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