La tarde caía lenta y pesada sobre la mansión, con ese aire sofocante que parecía arrastrar cada palabra que íbamos a decir hacia un abismo sin retorno. Sabía que la reunión con mi madre no iba a ser fácil. Nunca lo era cuando ella ponía ese tono, ese ademán frío, calculador, con el que presionaba como si fuéramos piezas en su tablero de ajedrez.
—Isabella, hemos hablado del tema un millón de veces —empezó sin rodeos, su voz afilada como un bisturí—. La boda tiene que ser cuanto antes. No podem