Salí de la mansión con el corazón latiendo en la garganta. No era la primera vez que escapaba, pero esta vez la necesidad de respirar aire fresco, de sentir la ciudad vibrando a mis pies, era casi una urgencia. Con la excusa de una reunión ficticia, pedí a Marco, mi chofer de confianza, que me llevara lejos, a cualquier sitio donde pudiera perderme por unas horas.
El coche avanzaba por calles iluminadas por faroles amarillentos, y el murmullo de la ciudad me envolvía como una caricia desconocid