El salón olía a poder. A cuero caro, tabaco recién encendido y sudor contenido bajo trajes de diseñador. Todos los capos estaban allí. Los leales, los traicioneros, los indecisos. Todos. Porque cuando la sangre corre, el silencio ya no sirve, y el miedo se vuelve un convocante más fuerte que cualquier invitación.
Mis tacones resonaron como disparos contra el mármol cuando crucé las puertas dobles. No vestí de negro esta vez. Ni de rojo. Me puse blanco. Impecable. Como la calma antes del huracán