El sol caía lento sobre los jardines del palacio, tiñendo de oro cada hoja, cada flor. Caminaba sin prisa, sin palabras, mientras Matteo permanecía a mi lado, en silencio, como una sombra protectora que no necesitaba explicaciones para saber lo que pensaba. Aquel paseo no era un ritual, sino un refugio efímero entre tanta tormenta.
Mis dedos rozaban los pétalos de las rosas, aquellas que mi padre solía contemplar cuando la noche se volvía demasiado pesada. Cerré los ojos un instante y dejé que