El trono era más que una silla de cuero oscuro con tachuelas y respaldo alto. Era un símbolo. Un maldito peso que llevaba siglos aplastando a quienes se atrevieron a sentarse en él. Y ahora, por primera vez, era mío.
Entré en el salón principal de la villa con la seguridad de quien conoce cada sombra, cada susurro de ese lugar. Los capos y sus hombres me miraban sin decir palabra. El silencio era absoluto, solo roto por el eco de mis pasos firmes.
El aire olía a poder, a peligro, a promesas rot