La noche había caído con una oscuridad impenetrable cuando sonó el timbre de la puerta. No esperaba visitas, menos a esa hora, y mucho menos de alguien como Roberto. Mi corazón se encogió con una mezcla de sorpresa y desagrado, pero la curiosidad me obligó a levantarme y abrir.
Ahí estaba él, con esa sonrisa arrogante que parecía saberlo todo, con esos ojos que reflejaban un poder frío, casi cruel. Sin mediar palabra, entró sin ser invitado, como si la mansión fuera suya.
—Isabella —dijo, con e