Matteo no respondió de inmediato.
Sus ojos viajaron lentamente por mi rostro, como si intentara memorizarme en ese instante exacto. Me di cuenta de que su silencio no era duda. Era contención. Porque lo que había entre nosotros ya no era solo deseo o poder compartido: era una maldita tormenta contenida en el centro de una corona ensangrentada.
—Lo dijiste en voz alta —susurró, y su voz, jodidamente grave, hizo que el aire a mi alrededor vibrara—. Lo pensaste, lo escribiste… pero ahora lo dijist