La sangre seca tiene un olor particular. No metálico como cuando aún es tibia, sino algo más oscuro… como un recuerdo que se niega a morir.
Ese olor está en las vendas de Matteo. En su camisa rasgada. En la comisura de sus labios. Pero él está de pie. Vivo. Y mirándome como si no estuviera seguro de si soy real o solo una alucinación provocada por la fiebre.
—Isabella —dice, y su voz es áspera, rota, como si lo hubieran arrastrado por el infierno para devolverlo justo cuando más lo necesitaba.