Mundo ficciónIniciar sesiónCamila Lincoln lo tiene todo bajo control: un matrimonio aparentemente perfecto, dos hijos, una fundación prestigiosa y un secreto que destruiría a su familia si saliera a la luz. Porque desde hace diecisiete años, el hombre que ama con una pasión enfermiza no es su esposo Richard… es su hermano mellizo, Camilo Lincoln. Cuando su padre amenaza con casar a Camilo con Isabella Cortés para sellar una alianza de poder, Camila sabe que el tiempo se agota. No puede permitir que otra mujer ocupe el lugar que le pertenece. La solución es tan audaz como peligrosa: conseguir una esposa falsa para su hermano. Valentina Morales es una secretaria de la Fundación Lincoln, una joven luchadora y endeudada hasta el cuello que trabaja noches como mesera para pagar los tratamientos de su madre, quien padece cáncer de páncreas. Desesperada tras conocer que su madre necesita un trasplante urgente que cuesta medio millón de dólares, Valentina acepta el contrato: dos años de matrimonio falso a cambio de cinco millones y la vida de su madre. Lo que comienza como un acuerdo frío y calculado pronto se complica. Mientras Camila intenta controlar cada detalle —desde la apariencia de Valentina hasta sus interacciones con Camilo—, surgen grietas inesperadas. Camilo empieza a ver en Valentina algo más que un simple contrato. Richard, el esposo de Camila, ya no se conforma con excusas y comienza a investigar. Y Valentina, lejos de ser la marioneta sumisa que esperaban, es inteligente, observadora y empieza a sospechar que entre los mellizos Lincoln existe algo mucho más oscuro y prohibido de lo que cualquiera imagina.
Leer másCamila Lincoln llevaba diez minutos moviendo la ensalada con el tenedor sin llevarse un solo bocado a la boca. Al otro lado de la mesa, su madre la observaba con esa quietud calculada que precedía siempre a los interrogatorios.
La terraza del restaurante daba al puerto de Boston. Un lugar elegido por Margaret Lincoln no por la vista, sino porque las mesas estaban lo suficientemente separadas para que nadie escuchara lo que una familia como la suya necesitaba decir en voz baja.
—Camila, querida. No me hagas perder el tiempo.
No era una pregunta. Margaret Lincoln no preguntaba. Ordenaba con la elegancia de quien lleva cuarenta años dirigiendo una dinastía desde la sombra.
—No sé de qué hablas, mamá.
—Hablo de tu hermano. De las tres modelos distintas que le fotografiaron este mes. De la portada de Boston Magazine que tu padre tuvo que mandar a retirar. Hablo de la vergüenza, Camila.
Camila dejó el tenedor sobre el plato. El mensaje que había recibido esa mañana le quemaba en el bolsillo como una brasa: «Los viejos están insoportables. Necesitamos vernos. Urgente.» Lo había leído seis veces. Lo había borrado. Lo había vuelto a leer en la papelera antes de eliminarlo definitivamente.
Así funcionaban. Mensajes que se autodestruían. Encuentros en lugares sin cámaras. Años de práctica en el arte de no dejar rastro.
—¿Y qué esperas que haga yo? —respondió Camila, controlando cada músculo de su rostro.
—Que lo traigas a la razón. Eres la única persona a la que escucha.
*Porque soy la única persona que lo conoce de verdad. Porque compartimos algo que tú jamás entenderías, mamá. Ni tú ni nadie.*
Camila tomó un sorbo de agua para ahogar el pensamiento.
—Camilo es un adulto. No puedo obligarlo a cambiar.
—No te estoy pidiendo que lo obligues. Te estoy informando de lo que va a pasar. —Margaret se limpió los labios con la servilleta, un gesto quirúrgico—. Tu padre ha tomado una decisión. Si Camilo no presenta una prometida antes de su cumpleaños, él mismo arreglará el matrimonio.
El aire abandonó los pulmones de Camila como si alguien le hubiera hundido el pecho con un puño.
—¿Matrimonio arreglado? ¿En qué siglo vive papá?
—En el siglo donde los Lincoln tienen un apellido que proteger y un imperio que heredar. Isabella Cortés. La conoces.
La conocía. Demasiado bien. Isabella, con su sonrisa impecable y sus ojos hambrientos cada vez que miraba a Camilo. Isabella, que llevaba años orbitando alrededor de la familia como un satélite paciente, esperando su oportunidad.
—Isabella está enamorada de él desde los quince años, mamá. Eso no es un matrimonio, es una obsesión.
—Es una alianza. Los Cortés tienen lo que necesitamos en el sector farmacéutico, y nosotros tenemos lo que ellos necesitan en bienes raíces. El amor es un lujo que los Lincoln no nos podemos permitir.
*Si supieras cuánta razón tienes, mamá.*
—¿Cuánto tiempo tiene?
—Dos meses.
El teléfono de Camila vibró. La pantalla mostraba el nombre de Richard con una foto familiar: él, ella, los niños. La imagen perfecta de la vida perfecta.
—Disculpa. —Deslizó el dedo—. ¿Diga?
—Camila, ¿dónde estás? Mateo lleva una hora preguntando por ti. Le prometiste el parque después del colegio.
La voz de Richard no sonaba preocupada. Sonaba fría. Contenida. La voz de un hombre que está acumulando pruebas.
—Estoy con mi madre. Llego en veinte minutos.
—Dijiste lo mismo hace una hora.
—Richard, por favor...
—Sophie tiene fiebre. Treinta y ocho y medio. Pero supongo que eso también puede esperar, ¿no?
El reproche le cortó como una cuchilla. No por la culpa —Camila había aprendido a convivir con la culpa como quien convive con una enfermedad crónica—, sino por lo que escondía debajo: sospecha.
—Voy para allá. Ya.
Colgó sin esperar respuesta. Margaret la observaba con una ceja levantada.
—¿Problemas con Richard?
—Nada que no pueda manejar.
—Más te vale. Un escándalo matrimonial es lo último que necesitamos ahora. —Margaret dejó la servilleta sobre la mesa con la delicadeza de quien deposita una sentencia—. El viernes hay cena en la mansión. Isabella estará presente. Quiero que vengas con Richard y los niños. Quiero que Camilo vea que esto va en serio.
—Mamá...
—No es una invitación, querida. Es una orden.
***
Camila condujo hacia su casa con las manos aferradas al volante y el corazón golpeándole las costillas.
Dos meses. Sesenta días para encontrar una solución antes de que Isabella Cortés se instalara en la vida de Camilo como una garrapata elegante. Sesenta días antes de que otra mujer durmiera en su cama, tocara su piel, reclamara su apellido.
*Nadie va a quitármelo. Nadie.*
El pensamiento la asustó por su ferocidad. No era el pensamiento de una hermana preocupada. Era el pensamiento de una mujer territorial, posesiva, dispuesta a arrasar con todo lo que amenazara lo suyo.
Pero Camila llevaba años sin distinguir dónde terminaba la hermana y dónde empezaba la amante. Las dos se habían fusionado en algún punto de su adolescencia, en una noche que cambió todo, y ya no había forma de separarlas.
Su teléfono vibró. Un mensaje desde un número sin registrar —el protocolo que usaban cuando la paranoia apretaba—:
*«¿Cómo fue?»*
Camila respondió sin apartar los ojos de la carretera, los dedos moviéndose por memoria:
*«Mal. Isabella Cortés. Dos meses. Necesitamos hablar.»*
*«Mierda. ¿Cuándo?»*
*«No puedo hoy. Richard está difícil. Sophie tiene fiebre.»*
*«¿Mañana?»*
*«Mañana. El lugar de siempre. Pero tengo una idea, Camilo. Es arriesgada.»*
*«Todo lo nuestro es arriesgado.»*
Camila borró la conversación, limpió la papelera y guardó el teléfono en el bolso.
Cuando llegó a casa, Mateo la esperaba en la puerta con los brazos cruzados y la expresión herida de un niño que ha aprendido que las promesas de su madre tienen fecha de caducidad.
—Dijiste que me llevabas al parque.
—Lo sé, mi amor. Lo siento mucho. Mañana te llevo, te lo prometo.
—Siempre dices mañana.
Richard apareció detrás del niño. No dijo nada. No hacía falta. Su silencio era más elocuente que cualquier reproche, y Camila supo, con la certeza helada de quien reconoce una amenaza, que su esposo estaba dejando de ser el hombre complaciente que ella había aprendido a manejar.
—¿Cómo está Sophie? —preguntó, esquivando la mirada de Richard.
—Le di ibuprofeno. Está durmiendo.
—Voy a verla.
—Camila. —La voz de Richard la detuvo a medio camino de las escaleras. Baja. Grave. Sin la suavidad habitual—. Después de que los niños se duerman, tú y yo vamos a hablar.
No era una petición.
Camila subió las escaleras sintiendo el peso de todas sus mentiras sobre los hombros. En el cuarto de Sophie, su hija dormía con las mejillas enrojecidas por la fiebre. Le tocó la frente con una ternura que le dolió, porque era genuina, porque amaba a esa niña con una ferocidad limpia y pura que no se parecía en nada al amor enfermo que sentía por su hermano.
*¿Qué clase de madre eres, Camila?*
Se quedó mirando a su hija en la penumbra, escuchando su respiración acompasada, y por un instante —uno solo, breve como un relámpago— consideró la posibilidad de dejarlo todo. Confesarle a Richard. Alejarse de Camilo. Ser la madre y la esposa que su familia merecía.
Pero el pensamiento se extinguió antes de completarse, ahogado por algo más fuerte que la razón, más fuerte que la moral, más fuerte que el amor maternal.
Porque Camilo era su otra mitad. Su gemelo. Su reflejo. Y pedirle que renunciara a él era como pedirle que se arrancara un órgano vital con las manos desnudas.
Bajó las escaleras.
Richard la esperaba en la sala, sentado en el sillón con un vaso de whisky que no había probado. Un mal presagio. Richard no bebía whisky a menos que estuviera furioso.
—Siéntate —dijo.
Camila se sentó frente a él, cruzando las piernas con la elegancia ensayada de quien sabe que está siendo evaluada.
—¿De qué quieres hablar?
—De nosotros. De este matrimonio. De tu hermano. —Richard giró el vaso entre los dedos sin beber—. Hoy llamé a tu oficina, Camila. Raúl me dijo que saliste a las once de la mañana y no volviste.
El estómago de Camila se contrajo.
—Fui directo al almuerzo con mi madre.
—El almuerzo fue a la una. ¿Dónde estuviste las dos horas entre medias?
Silencio. Un silencio que duró tres segundos y que para Camila fue una eternidad.
—Pasé por una tienda. Quería comprarle algo a Sophie.
—¿Y dónde está lo que le compraste?
Richard la miraba sin parpadear. Sin rabia. Sin dolor. Con algo peor: lucidez.
—No encontré nada que me gustara.
Richard asintió lentamente. Tomó un trago del whisky. Y cuando habló, su voz fue tan tranquila que le heló la sangre:
—No me estás mintiendo, Camila. Me estás subestimando. Y eso es mucho peor.
Se levantó, dejó el vaso sobre la mesa y subió las escaleras sin mirarla.
Camila se quedó sola en la sala, con el corazón desbocado y una sola certeza: el tiempo se estaba acabando. Para el plan con Camilo. Para su matrimonio. Para la mentira que sostenía su mundo entero.
Y por primera vez en años, no tenía idea de cómo controlarlo todo.
La puerta del pent-house se cerró detrás de Valentina. Camila no se movió del sofá. Esperó a escuchar el ascensor bajar. Esperó a escuchar el silencio.Entonces se levantó.---¿Qué fue eso, Camilo?---¿Qué fue qué?---No me hagas esa pregunta. No me insultes así.Camilo se pasó una mano por el pelo. No se le ocurrió nada que responder que no fuera a empeorar las cosas.---Fuimos a caminar. Almorzó con mamá y la llevé a distraerse. No pasó nada.---No pasó nada ---repitió Camila, muy despacio, como si estuviera saboreando la frase para después escupirla---. Estabas riéndote con ella, Camilo. Riéndote de verdad. Con los ojos arrugados y el estómago. Esa risa que le diste a ella es mía.---¿Tuya?---Mía. Siempre fue mía. Y t
Camilo estacionó cerca del Boston Common y caminaron hacia el parque sin prisa. Valentina todavía estaba descargando el almuerzo con Margaret.---Me dijo que me parezco a ella a los veinticinco ---dijo Valentina.---Eso es un cumplido. Creo.---O una advertencia.---Con mi madre nunca se sabe. ¿Qué más te preguntó?---Todo. De dónde vengo, qué quiero, por qué tú. Le dije que me haces reír.Camilo la miró de reojo.---¿Eso le dijiste?---Necesitaba algo verdadero. No le iba a decir que me caso contigo por cinco millones de dólares y un trasplante de páncreas.---No, claro. ---Camilo se metió las manos en los bolsillos. Caminaron unos pasos en silencio---. ¿Preguntó algo sobre cómo nos conocimos?---Se lo tragó. La gala benéfica, la cena, los tres meses. No
Valentina estaba untando mantequilla en una tostada cuando el teléfono vibró sobre la encimera. Número desconocido. Código de Boston.---¿No vas a contestar? ---preguntó Camilo desde el otro lado de la barra, con una taza de café en la mano y el pelo todavía mojado de la ducha.Valentina miró la pantalla con desconfianza. Los números desconocidos no habían traído buenas noticias en su vida. El último la había metido en un matrimonio falso.Deslizó el dedo.---¿Diga?---Valentina, querida. Soy Margaret Lincoln.El cuchillo de la mantequilla se detuvo a medio camino.---Buenos días, Margaret.---Espero no llamar muy temprano. Quiero invitarte a almorzar hoy. Tú y yo solas. Hay un restaurante en Beacon Hill que creo que te va a gustar.No era una invitación. Valenti
Camila abrió los ojos a las nueve de la mañana con el cráneo partiéndose en dos y el estómago revuelto. No recordaba cuántas copas había tomado. Recordaba cada segundo del beso.Se quedó boca arriba mirando el techo. La luz del sol le atravesaba los párpados como agujas. A su lado, el lugar de Richard estaba vacío, las sábanas frías. Llevaba rato levantado.Se obligó a sentarse. El cuarto giró. Se agarró del borde de la cama hasta que el mundo dejó de moverse y bajó las escaleras con el pelo revuelto y la cara de alguien que había perdido una pelea contra sí misma.Richard estaba en la cocina. Los niños desayunaban. Mateo comía cereal concentrado en su tableta. Sophie aplastaba un plátano con los dedos y se reía de la textura.---Buenos días, mamá ---dijo Mateo sin levantar la vista.---Buenos días, mi amor.Camila se sirvió café. Le temblaban las manos. Se sentó frente a Richard, que leía el periódico con una calma que era más amenazante que cualquier grito.---¿Cómo dormiste? ---pre





Último capítulo