El sol apenas comenzaba a filtrarse por las cortinas de la habitación principal. Ángelo estaba terminando de abotonarse el chaleco de su traje gris, sentado en su silla con una elegancia que intimidaba. Cassandra se acercó para ajustarle la corbata, pero él la detuvo, tomándola por las muñecas.
—Lleva este teléfono contigo, mi rebelde —dijo Ángelo, entregándole un dispositivo idéntico al suyo, pero con un software de grabación militar—. No lo apagues. Quiero escuchar cada palabra, cada respirac