La recepción en los jardines de la mansión Di Santi era el epítome del exceso y el buen gusto. Bajo carpas de seda blanca y rodeados de miles de peonías frescas, los invitados más poderosos del continente brindaban con champaña de cosechas privadas. Pero el centro de atención era la mesa de regalos, que parecía más bien la bóveda de un banco nacional.
Wei y Clara dieron un paso al frente. Wei hizo una señal y cuatro hombres de seguridad de los Lin trajeron tres cajas cubiertas con terciopelo ne