Cassandra MoralesCassandra Morales no recordaba un momento exacto en el que hubiera dejado de ser solo una hija.No hubo un día concreto, ni una conversación solemne, ni una despedida de la infancia, solo un cansancio que llegó temprano… y se quedó.El sol aún no terminaba de levantarse cuando ella ya estaba en el campo, con las manos hundidas en la tierra húmeda. El frío de la madrugada se mezclaba con el olor a barro fresco, y la neblina baja le mojaba los tobillos como si el suelo respirara. Cassandra trabajaba en silencio, con el cabello oscuro recogido en una trenza gruesa que le caía por la espalda, firme como todo en ella.Sus brazos, de piel morena clara, estaban marcados por años de trabajo que no le correspondían a una mujer de su edad, pero que había asumido sin quejarse. Cada movimiento era preciso. No había rabia en su forma de trabajar, tampoco resignación. Había responsabilidad.—Cassandra —llamó su madre desde el porche—. Vas a romperte la espalda antes de que el día
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