La locura alcanzó su punto máximo con el chapuzón en la piscina, y poco a poco, el ritmo de la música bajó hasta convertirse en un suave jazz de fondo. El jardín, que horas antes era el escenario de una carrera de cuatrimotos y un despliegue de gala, ahora parecía el campo de batalla de una fiesta legendaria.
Wei, Ángelo y Arrieta salieron de la piscina chorreando agua, arrastrando sus zapatos de cuero empapados que hacían un ruido gracioso con cada paso. Se sentaron en el borde de la fuente —l