La sala del tribunal federal olía a madera vieja y a una tensión que se podía cortar con un bisturí. Leonardo Di Santi estaba sentado en la mesa del demandante, ajustándose los puños de su camisa de tres mil dólares. Se veía radiante, casi eufórico. A su lado, sus abogados susurraban estrategias de victoria.
—Hoy recuperamos el imperio, Isabella —le había dicho por mensaje minutos antes—. Hoy el "fantasma" deja de existir legalmente.
El juez golpeó el mazo, exigiendo silencio.
—Se abre la audie