En la seguridad de la mansión, Cassandra sostenía el teléfono con nudillos blancos. Ángelo la observaba desde su silla, con Marco y Vicente atentos a cada señal. La orden de reactivar el operativo se había dado: no para rescatar a Andrea, sino para cazarla en su propia red de mentiras.
El teléfono repicó tres veces antes de que la voz agitada de Andrea respondiera.
—¿Madre? —dijo Cassandra, y su voz sonó tan frágil y cargada de angustia que incluso Ángelo arqueó una ceja, impresionado por su ac