Ángelo se inclinó hacia lo que quedaba de la oreja de Ma-Tzu y, en un mandarín perfecto, gélido y cargado de una autoridad ancestral, sentenció:
—Di Santi móguǐ bù liú huòhuàn. (El demonio Di Santi no deja cabos sueltos).
Con un giro de cadera y una potencia devastadora, Ángelo descargó el acero. La cabeza de Ma-Tzu voló por el aire antes de rodar por los escalones del patio, deteniéndose justo frente a los pies de su familia condenada.
Ángelo soltó la espada, que quedó vibrando en el suelo de