La noche sobre los Hamptons no tenía piedad. La lluvia golpeaba los ventanales de la mansión como si quisiera derribarlos, un eco sordo del caos que Ángelo traía consigo. Cuando la puerta principal se abrió, el olor a ozono, gasolina y sangre inundó el vestíbulo. Ángelo entró, empapado, con la ropa táctica pegada al cuerpo y el rostro cubierto de una mezcla de hollín y el plasma de sus enemigos. Vicente y Marco, también heridos pero firmes, lo flanqueaban, listos para llevarlo a su habitación.