La atmósfera en la mansión de los Lin se volvió pesada, cargada de una tensión que oscilaba entre el deber ancestral y el corazón roto.
En la suite principal de la mansión de Wei, el silencio era sepulcral. Wei caminaba de un lado a otro, ajustándose los puños de la camisa con una fuerza que amenazaba con romper la tela. Sus ojos, siempre fríos y calculadores, mostraban una grieta de vulnerabilidad.
—¿Qué tienes, Wei? —preguntó Clara suavemente, acercándose a él. Su voz era el único bálsamo par