La atmósfera en el salón del Consejo aún vibraba por la ceremonia, pero Ángelo Di Santi no era hombre de dejar cuentas pendientes. Mientras Wei y las mujeres se dirigían a los vehículos, él le hizo una seña a Marco y se desvió por los pasillos prohibidos de la sede de la Tríada.
Ma-Tzu entró en su oficina privada, resoplando de rabia y aflojándose el cuello de su túnica. Pero al encender la luz, el corazón se le detuvo. Ángelo estaba sentado en su propia silla de roble, con las botas sobre el e