El centro comercial era un torbellino de luces, risas y el roce de bolsas de compras de diseñador. Valentina Di Santi guiaba a Marta por las boutiques de lujo, insistiendo en renovar su guardarropa con una elegancia que abrumaba a la anciana. Clara, sintiéndose un poco sofocada por tanto brillo y superficialidad, divisó un refugio: una librería antigua y acogedora, con olor a papel viejo y madera encerada.
—Abuela, Valentina... ¿Les importa si entro un momento aquí? —preguntó Clara, señalando l