El olor a café recién hecho y pan tostado era más fuerte hoy. O tal vez era yo, intentando aferrarme a la normalidad con uñas y dientes mientras mi cabeza todavía estaba en aquel pasillo oscuro, con la voz de Gael susurrando: "Y ahora eres parte de él."
Servir desayunos, limpiar mesas, forzar sonrisas. Cada movimiento era mecánico, un ritual vacío. Un día antes, había estado sentada frente a un hombre cuyos ojos no parpadeaban, escuchando conversaciones sobre "pérdidas controladas". Ahora, untaba mermelada en tostadas para un hombre con prisa. La desconexión era tan brutal que casi me daba risa. O ganas de llorar. No sabía cuál de las dos.
Lo más perturbador no era el contraste, sino lo mucho que anhelaba no volver a este lado de la vida. El café era ruido, grasa y sueldos miserables. El mundo de Gael era silencio, seda y poder absoluto. Y a pesar del miedo —un miedo que seguía anudado en mi estómago como un puño— una parte de mí ya se había acostumbrado al aire enrarecido de las al