Me desperté al tercer día del escándalo y algo había cambiado dentro de mí. Ya no sentía ese nudo de vergüenza en el estómago al pensar en las fotos falsas, o en los titulares groseros. En su lugar, sentía algo caliente, afilado y constante. Rabia. Pura y simple.
No era la rabia de gritar o llorar. Era una rabia silenciosa, que hervía a fuego lento. La misma que me hizo enfrentarme a mis miedos. La que me hizo decirle a Gael que me apuntara con su arma. Era mi rabia. Y había decidido usarla.
No