La antigua mansión de los Hendrix seguía oliendo a polvo, a madera vieja y a secretos. No había vuelto desde aquella primera vez, cuando Gael me trajo para mostrarme “de dónde venía”. Ahora, el lugar parecía igual de grande, vacío y triste.
Gael caminaba delante de mí, su espalda tensa, las llaves del lugar en la mano. No habíamos traído guardias. Esto era algo entre nosotros dos. Entre nosotros y el fantasma de su padre.
—En la grabación dijo “la caja azul en el estudio viejo” —recordé, mis pasos resonando en el piso de madera —. ¿Dónde está el estudio viejo?
—Mi padre tenía dos —dijo Gael, su voz haciendo eco en la escalinata principal—. El nuevo, donde encontraste aquella vez la caja. Y uno viejo en el ala este, que estuvo en desuso desde mucho antes de dejar esta mansión.
El ala este estaba casi en penumbra. Las cortinas pesadas estaban cerradas, y el aire era espeso y quieto. Gael abrió una puerta de roble macizo con un chirrido que me hizo estremecer.
El estudio era más pequeño