El teléfono vibró sobre mi mesa de noche a las once de la mañana. Gael. Mi corazón se paralizó por completo antes de empezar a latir con violencia, recordando cada palabra de anoche, cada silencio, cada pedazo de esa conversación telefónica que había partido mi realidad en dos.
Contesté. Mi voz sonó ronca, dormida, aunque no había dormido nada.
—Viatrix —dijo él, y su tono era normal. Demasiado normal. Como si no hubiéramos terminado la cena con el eco de una confesión de mutilación flotand