La noticia llegó con Sebastián. Entró al estudio donde Gael y yo revisábamos un informe de uno de los puertos, y su cara tenía esa expresión tensa y profesional que solo usaba cuando traía malas noticias que él ya había discutido y perdido.
—Está hecho —dijo Sebastián, cruzándose de brazos —. Ya le pasé tus órdenes a tus hombres. Damian será liberado en una hora.
El aire se salió de mis pulmones. Miré a Gael, esperando una sonrisa irónica, un “es broma”, algo. Pero él solo asintió, con los ojos fijos en el informe del puerto como si Sebastián hubiera dicho que llovería por la tarde.
—¿Qué? —logré decir, mi voz un hilo roto—. ¿Qué hiciste?
Gael levantó la vista. Su expresión era calmada, demasiado calmada.
—Lo soltamos pero Sebastián hizo que la policía lo procesara. Tendrá condiciones estrictas. Tobillera electrónica, prohibición de acercarse a ti o a Valeria, vigilancia las veinticuatro horas.
—¡¿Lo sueltas?! —La pregunta salió como un grito—. ¡Gael, está loco! ¡Trató de mata