El mundo se redujo a dos cosas: el peso brutal de la viga sobre mi pierna y los ojos de Gael en la penumbra.
Polvo. Humo. El crujido de la madera amenazando con terminar de derrumbarse sobre nosotros.
—¡Mueve la pierna! —gritó Gael, sus manos ya buscando bajo la pesada madera, los músculos de sus brazos tensándose como cables de acero.
Lo intenté. Un dolor agudo y punzante me atravesó la pantorrilla. Respiré hondo, conteniendo el grito.
—No cede —dije, y mi voz sonó extrañamente calmada en medi