105: El Desmoronamiento

El mundo se redujo a dos cosas: el peso brutal de la viga sobre mi pierna y los ojos de Gael en la penumbra.

Polvo. Humo. El crujido de la madera amenazando con terminar de derrumbarse sobre nosotros.

—¡Mueve la pierna! —gritó Gael, sus manos ya buscando bajo la pesada madera, los músculos de sus brazos tensándose como cables de acero.

Lo intenté. Un dolor agudo y punzante me atravesó la pantorrilla. Respiré hondo, conteniendo el grito.

—No cede —dije, y mi voz sonó extrañamente calmada en medio del caos. El pánico era un nudo en la garganta, pero lo tenía agarrado fuerte.

Gael no respondió. Se arrodilló, inspeccionando el ángulo en que la viga me tenía atrapada. Su rostro estaba manchado de polvo y una fina línea de sangre le corría desde la sien, pero sus ojos eran de una claridad aterradora.

—No voy a salir sin ti —dijo, y no era un romanticismo. Era un hecho. Un decreto.

—Si la casa se cae, moriremos los dos —argumenté, porque era lo lógico. Lo único sensato.

Él levantó la vista
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