El sudor todavía nos cubría la piel, pegando nuestras sábanas en un abrazo de seda y secreciones que sabía a victoria, pero la interrupción de Dimitri había devuelto el aire gélido de la realidad a la habitación, Nikolai, con una agilidad que desafiaba su reciente estado de coma, se sentó en el borde de la cama, dejando que la luz de la luna bañara sus cicatrices y los músculos tensos de su espalda, yo me envolví en una bata de satén negro, sintiendo el contraste del tejido frío contra mi cuerpo todavía caliente por nuestro encuentro, mientras tomaba el sobre que Dimitri sostenía con manos temblorosas, el sello de cera roja con el emblema de los Bianchi me quemó la vista, era un recordatorio de que, aunque había quemado la villa en Palermo, las raíces de mi pasado eran más profundas que los cimientos de cualquier edificio.
—Déjanos solos Dimitri —ordené, mi voz recuperando esa autoridad cortante que ahora era mi estado natural.
Cuando la puerta se cerró, rompí el sobre con un movimi