CAPITULO 41

El murmullo de las máquinas médicas se había convertido en la banda sonora de mi existencia, un recordatorio constante de que el hombre que amaba pendía de un hilo de electricidad y suero, me senté en la poltrona de cuero frente a su cama, con la espalda recta y el peso de mi nueva realidad oprimiéndome el pecho, vestía un traje sastre negro de seda que se ceñía a mis curvas como una segunda piel, y sobre la mesa de caoba, junto a los informes de inteligencia que detallaban la caída de los generales, descansaba mi pistola Beretta, todavía caliente por la última inspección de seguridad, me pasé los dedos por las sienes, sintiendo el cansancio acumulado de noches enteras dirigiendo ejecuciones y transferencias bancarias, hasta que un sonido diferente, un jadeo seco y humano, me obligó a contener el aliento.

​Miré hacia la cama y vi que los dedos de Nikolai se crispaban sobre las sábanas de hilo, sus ojos, antes ocultos bajo párpados que parecían de mármol, se abrieron con lentitud, reve
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