El murmullo de las máquinas médicas se había convertido en la banda sonora de mi existencia, un recordatorio constante de que el hombre que amaba pendía de un hilo de electricidad y suero, me senté en la poltrona de cuero frente a su cama, con la espalda recta y el peso de mi nueva realidad oprimiéndome el pecho, vestía un traje sastre negro de seda que se ceñía a mis curvas como una segunda piel, y sobre la mesa de caoba, junto a los informes de inteligencia que detallaban la caída de los gene