El asfalto de Moscú brillaba bajo la lluvia ácida, reflejando las luces de neón de una ciudad que nunca dormía, pero que esa noche parecía contener el aliento mientras nuestras furgonetas blindadas cortaban el tráfico como cuchillos negros, me sentía eléctrica, con los sentidos tan agudizados que podía escuchar el roce de la seda de mi camisa contra mi piel y el clic metálico del arma de Nikolai al otro lado del asiento, habíamos dejado atrás el cadáver político de Valkiria en aquel despacho, pero el vacío de poder que habíamos creado era un agujero negro que amenazaba con tragarnos a todos, me miré en el retrovisor, acomodándome un mechón de cabello que se había escapado de mi coleta, y apenas reconocí a la mujer que me devolvía la mirada, ya no había rastro de la duda en mis ojos, solo una determinación fría que me hacía sentir más viva que nunca, Nikolai estiró su mano sana y me apretó el muslo, un gesto de apoyo que en otro momento habría sido reconfortante, pero que ahora se sent