El asfalto de Moscú brillaba bajo la lluvia ácida, reflejando las luces de neón de una ciudad que nunca dormía, pero que esa noche parecía contener el aliento mientras nuestras furgonetas blindadas cortaban el tráfico como cuchillos negros, me sentía eléctrica, con los sentidos tan agudizados que podía escuchar el roce de la seda de mi camisa contra mi piel y el clic metálico del arma de Nikolai al otro lado del asiento, habíamos dejado atrás el cadáver político de Valkiria en aquel despacho, p