El aire en la cabina del avión privado se sentía denso, cargado de un silencio que solo el zumbido de los motores se atrevía a romper, mientras volábamos hacia el este, dejando atrás las luces traicioneras de Moscú para internarnos en el abrazo gélido de Siberia, miré mis manos, aún manchadas con la pólvora de la reunión en el Metropol, y luego lo miré a él, Nikolai dormía, o al menos eso intentaba, con el rostro pálido y las facciones relajadas por primera vez en semanas, pero bajo esa calma aparente, yo sabía que su cuerpo seguía librando una batalla contra las infecciones y el cansancio, lo habíamos logrado, lo había rescatado de las garras de la depresión y de sus enemigos, pero el precio de su libertad parecía estar escrito en una moneda que yo todavía no terminaba de pagar.
Habíamos recibido una pista de un confidente en las sombras sobre una base oculta en los montes Urales, un lugar donde los hombres de Lorenzo, aquellos que sobrevivieron a la purga, se habían reagrupado con