El aire en la cabina del avión privado se sentía denso, cargado de un silencio que solo el zumbido de los motores se atrevía a romper, mientras volábamos hacia el este, dejando atrás las luces traicioneras de Moscú para internarnos en el abrazo gélido de Siberia, miré mis manos, aún manchadas con la pólvora de la reunión en el Metropol, y luego lo miré a él, Nikolai dormía, o al menos eso intentaba, con el rostro pálido y las facciones relajadas por primera vez en semanas, pero bajo esa calma a