El eco del disparo en el túnel se me clavó en los oídos como un clavo ardiente, una vibración sorda que parecía anunciar el fin de todo lo que había llegado a amar en este país de inviernos eternos, corrí por el pasadizo de hormigón, con los pulmones ardiéndome y las lágrimas congelándose en mis mejillas, mientras la mochila que Nikolai me había entregado golpeaba pesadamente contra mi espalda, cada paso era una traición a mi deseo de volver, de gritar su nombre, de morir a su lado si era necesario, pero sus últimas palabras seguían resonando en mi cabeza como una orden sagrada —Sé libre Alessandra— y en el mundo de los Petrov, la libertad siempre se compraba con la sangre de alguien más.
Salí a la superficie a través de una alcantarilla oculta en un callejón industrial, el frío de la madrugada en las afueras de Moscú me golpeó con una fuerza brutal, recordándome que ahora estaba sola, sin el escudo del Don, sin la protección de la mansión, y sobre todo, sin el hombre que se había co