El frío de San Petersburgo no era como el de las montañas, este era un frío húmedo, que se metía en los huesos y te recordaba que estabas viva solo porque el dolor de los pulmones al respirar era constante, me encontraba oculta en el sótano de una vieja iglesia ortodoxa, a pocas manzanas de donde casi pierdo la vida a manos de la madre de Nikolai, el olor a incienso rancio y a humedad era lo único que me acompañaba mientras revisaba el contenido de la mochila, Nikolai me había dado una oportuni