El eco de las palabras de Lorenzo seguía vibrando en mis oídos como el zumbido de una colmena furiosa, empañando el brillo de los candelabros del gran salón, el aire gélido de la terraza todavía me erizaba la piel, pero no era por el invierno moscovita, sino por el veneno que mi hermano había inyectado en mi mente antes de desaparecer entre la multitud de la gala, me sentía como si caminara sobre un cristal a punto de quebrarse, observando a Nikolai mientras él hablaba con sus generales, su fig