El eco de las palabras de Lorenzo seguía vibrando en mis oídos como el zumbido de una colmena furiosa, empañando el brillo de los candelabros del gran salón, el aire gélido de la terraza todavía me erizaba la piel, pero no era por el invierno moscovita, sino por el veneno que mi hermano había inyectado en mi mente antes de desaparecer entre la multitud de la gala, me sentía como si caminara sobre un cristal a punto de quebrarse, observando a Nikolai mientras él hablaba con sus generales, su figura imponente dominaba la estancia, pero ahora, bajo esa fachada de poder absoluto, yo veía una sombra que antes no estaba allí, una sombra que llevaba el nombre de mi madre.
—No dejes que el miedo te consuma el rostro Alessandra, las hienas huelen la sangre a un kilómetro —susurró Nikolai, apareciendo a mi lado con esa forma suya de materializarse desde la nada, su mano se posó en la base de mi nuca, un gesto que en público parecía posesivo pero que para mí era un anclaje, aunque ahora sus ded