El eco de mis tacones sobre el suelo de mármol del búnker me devolvía una imagen que apenas reconocía en los espejos de la entrada, ya no era la muchacha asustada que aterrizó en Moscú con el vestido de novia manchado de traición, ahora el terciopelo azul noche de mi vestido de gala se ceñía a mi cuerpo como una armadura de seda, dejando al descubierto mis hombros y esa mirada que Nikolai había endurecido a base de pólvora y verdades amargas, me sentía poderosa, pero también sentía el peso del