El eco de mis tacones sobre el suelo de mármol del búnker me devolvía una imagen que apenas reconocía en los espejos de la entrada, ya no era la muchacha asustada que aterrizó en Moscú con el vestido de novia manchado de traición, ahora el terciopelo azul noche de mi vestido de gala se ceñía a mi cuerpo como una armadura de seda, dejando al descubierto mis hombros y esa mirada que Nikolai había endurecido a base de pólvora y verdades amargas, me sentía poderosa, pero también sentía el peso del secreto que cargaba desde la noche en la galería de tiro, Nikolai no solo era el Don de la Bratva, él era algo más, un hombre con una agenda que iba más allá de la mafia, y esa incertidumbre me quemaba la piel más que el frío ruso que nos esperaba fuera.
Nikolai apareció al final del pasillo, luciendo un esmoquin hecho a medida que resaltaba su imponente estatura y esa elegancia salvaje que ninguna tela podía domesticar por completo, se detuvo frente a mí, y por un segundo, el aire se detuvo en