Isabella
El salón de la antigua mansión Ricci se había transformado en un tribunal. Las pesadas cortinas de terciopelo rojo permanecían cerradas, bloqueando cualquier luz exterior. Candelabros de cristal iluminaban el espacio con un resplandor ámbar que proyectaba sombras alargadas sobre los rostros de los presentes. El aire olía a madera pulida, tabaco caro y tensión.
Yo, Isabella Moretti, me encontraba sentada en el sillón que una vez perteneció a mi padre, al final de una larga mesa de roble