Isabella
La tinta negra se desliza sobre el papel marfil como sangre sobre nieve. Mis dedos, antes delicados, ahora endurecidos por el gatillo y las decisiones imposibles, sostienen la pluma con firmeza. La habitación está en silencio, solo interrumpido por el ocasional crujido de la madera antigua y el susurro de mi respiración. El despacho de mi padre —ahora mío— parece observarme con la misma intensidad con la que él solía hacerlo.
Miro mi mano izquierda, donde una fina línea roja atraviesa