Mundo ficciónIniciar sesiónCatalina fue elegida a los trece años como vestal, consagrada al fuego sagrado de Roma. No puede amar, no puede tocar, no puede elegir. Su cuerpo, su voz, su destino: todo le pertenece al Estado. Logan Sharp es su guardaespaldas. Entrenado para protegerla, no para desearla. Pero el deseo no respeta leyes ni votos. Y lo que hay entre ellos arde en silencio, cada vez más fuerte. Si cruzan la línea, Catalina perderá su lugar, su honor... y su libertad. Logan arriesgará su carrera, su vida y todo lo que juró defender. Pero ¿cómo resistirse, cuando el único momento de paz es al mirarse? En una ciudad donde el poder se disfraza de tradición y el amor está prohibido, Catalina y Logan deberán elegir: obedecer las reglas o incendiar el mundo por una sola noche juntos.
Leer másNarra Patrick.
- Disculpen la tardanza, las interestatales están atestada. Cosas de la ciudad.
Me dan la mano saludándome cordialmente.
- Nuestro vuelo sale en tres horas. - explica uno de los holandeses.
Una chica rubia de ojos azules me mira con interés.
- Pierda cuidado y no se preocupe por eso, lo importante es que ya está aquí. - sonríe descaradamente.
Siempre he causado ese efecto en las mujeres.
- Tomen asiento, por favor. - indico.
Ellos hacen caso y la rubia cruza sus piernas poniendo toda la atención en mis palabras, mientras les hablo sobre la empresa Miller y cómo nos especializamos en invertir y fusionar con empresas que tienen un gran potencial para posicionarse en el mercado nacional e internacional.
- Es un gusto, haber podido hacer negocios contigo. - dice guiñándome el ojo, la holandesa de grandes piernas.
Se despiden mientras el equipo de ejecutivos sale del lugar.
Me siento en la silla de mando respirando cansado.
- Como siempre has logrado un buen trabajo, hermano. - dice Erick con un tono ciertamente despectivo. - No por nada eres el favorito de papá, quizás ya esté considerando que seas su reemplazo.
- No empecemos ahora, por favor. - suspiro agobiado.
Una punzada pulsátil me inca sin parar. Me frotó la sien tratando de apaciguar la migraña.
Mi padre, Alonzo Miller nos ingresó a trabajar en la compañía cuando apenas estábamos recién graduados de la universidad, según él, teníamos que empezar a prepararnos para todo lo que algún día sería nuestro. Mi padre siempre ha depositado su confianza en mí, Erick aún es un muchacho inmaduro que tiene que aprender a través de la experiencia, es por ello, que ha tenido una especie de rivalidad conmigo.
Nunca ha soportado y asimilado el hecho de que siempre he destacado por encima de él en ámbitos sociales y laborales.
De repente mi secretaria entra rápidamente por la puerta.
- ¿Cómo te atreves a entrar de ese modo?
Se encuentra postrada en el lugar, con un nudo en la garganta y un silencio inquietante.
- Habla, ya.
- Señor... - se entrecorta. - yo, no sé cómo decirle esto.
- No me hagas perder más tiempo. - digo algo frustrado.
- Es su padre...
Me levanto del asiento inmediatamente tomando mi saco y teléfono. Corro cuánto antes tratando de repicar el número de mi madre, pero no contesta.
- ¿Qué sucedió con papá, Patrick?
- No lo sé.
Bajamos el ascensor entrando en el parqueadero, prendo mi auto y Erick se sube del lado del copiloto.
Empieza a llover de la nada eliminando cualquier rastro de calor en la ciudad, gotas de lluvia caen por los vidrios en cascada.
Transcurren aproximadamente veinte minutos cuando llegamos a la Villa del Sol, una propiedad campestre de mi padre.
El camino está enlodado, por lo que el carro se queda estancado. Trato de acelerar pero empeora la situación.
- Ni hablar, no puedo esperar más. - digo bajándome y caminando.
Erick camina a mi ritmo mientras nos enlodamos los pies hasta no poder más. Es preferible esto a luchar contra lo imposible.
La lluvia nos empapa haciendo que la ropa se adhiera a nuestros cuerpos.
Logramos vislumbrar al final del camino la hermosa casa blanca.
Aceleramos el paso lo más rápido que podemos entrando a la sala principal, subimos las escaleras de dos en dos llegando hasta la habitación de papá.
Mi madre se encuentra a su lado, llorando desconsoladamente.
Un frío se apodera de mi cuerpo al escuchar las palabras que profesa por su boca y en un hilo delgado pronuncia:
- Está muerto.
Caigo de rodillas en el piso dejando todo en otro plano.
El olor mezclado de flores frescas inundan el salón principal.
El sonido atorrante de la lluvia no cesa, el dolor de mi pecho es tan grande que me hace sentir en una especie de trance.
He perdido la noción del tiempo y espacio y mis ojos sólo se posan sobre el ataúd donde reposa el hombre que me dio la vida.
Mi madre me da un abrazo en modo de consolación, Alonzo Miller me preparó para todo menos para su partida.
Mi hermano deposita una rosa en su urna. Por decisión de él, su cuerpo se cremara.
Nunca le gustó la idea de verse reposando en un terreno con desconocidos. Deseaba que su alma al igual que su cuerpo sea libre.
Erika, mi novia nominal, se acerca a mí, sus ojos emanan preocupación.
- Patrick, lo lamento. - dice abrazándome.
- Gracias. - digo cordialmente.
Ejecutivos vienen a mí con palabras de aliento, solo quiero que esto acabe ya.
Donna entra dedicándome una mirada comprensiva, llega hasta nuestro sitio mientras Erika la detalla de arriba a bajo.
Donna ha sido una de las mejores amigas de mi padre, además, su abogada.
- Pat. - dice.
- Erika, podrías dejarnos solos un momento.
Me mira con cierta indignación, quiere decir algo pero al final se lo reserva yendo hasta el sitio donde se encuentra mi hermano.
Me retiro con Donna hasta un lugar más privado.
- Te busco a ti, Patrick, porque eres el más resistente y el que sabrá manejar la situación con madurez. Mañana se leerá el testamento en su casa. Tu padre lo decidió así antes de su muerte. Quizás tu hermano y tu madre piensen que es muy pronto para ello, pero quiero que se los notifiques.
- Entiendo, Donna. Pierde cuidado, yo me encargo de eso.
- Te pareces tanto a tu padre, Patrick.
Le dedico una sonrisa caída.
Vuelvo junto al ataúd mientras observo su rostro reposar serenamente.
- No te decepcionaré, papá. Verás que te haré más orgulloso de lo que ya estabas desde donde te encuentres. Haré que tu legado siga en pie y Miller seguirá manteniéndose en el alto rango que siempre ha estado.
Poso mi mano encima del vidrio que nos separa mientras dejo la M marcada con pequeños y sutiles trazos.
Salgo un momento al balcón tratando de tomar aire fresco, la lluvia ha reducido y pequeñas gotas caen sobre mi rostro.
Noto como un auto deportivo parquea, no sé de donde salen tantas personas.
Deseo que este espectáculo protocolar finalice, el ochenta por ciento de estos encorbatados solo están acá buscando oportunidades de lucrar y llenar más sus bolsillos.
El auto aparca mientras una mujer de tez blanca cierra la puerta a su paso. Trae un bolso de mano y un sombrero negro que no me deja divisar su rostro.
«Qué extraño » pienso para mis adentros.
- Aquí estabas. - dice Erika posando sus manos en mi espalda.
Me toma totalmente desprevenido haciendo que me exalte.
- Disculpa, no quería asustarte. - se entrecorta - sólo, necesitaba estar contigo. Sé lo mucho que querías a tu padre.
Me quedo en silencio por un momento al ver que la mujer misteriosa levanta la vista haciendo contacto visual conmigo.
Es realmente hermosa, su rostro parece estar esculpido en porcelana con rasgos delicados y perfectos, tiene labios rojos y protuberantes y sus ojos, sus ojos de un color intenso denotan el mismo misterio que su presencia.
Su aire misterioso y belleza eran sin duda alguna embriagadores.
Erika frunce el ceño al notar la presencia de la chica que nos observa.
- ¿Acaso la conoces? - dice en tono molesto.
La mujer sigue su paso adentrándose al salón principal.
- Realmente no la había visto en la vida.
- Si, claro y por eso la miraste así, ¿no es cierto?
Cierro los ojos con frustración.
- ¿No te parece que no es el mejor momento para una de tus escenas de celos?
- Yo - suspira. - tienes razón Patrick, lo lamento.- Creo que necesito estar solo, Erika. - digo a secas.
Ella asiente no sin antes depositar un pequeño beso en mi mejilla.
- Sabes bien lo que siento por ti, Pat, te esperaré pacientemente.
Guardo silencio volviendo mi vista hacia donde la tenía, mi mente es un caos en este momento.
Devuelvo mi vista hacia bajo y noto que la presencia de la mujer del sombrero negro, camina con determinación y gracia; es un espectáculo.
Antes de subirse al auto se quita el sombrero mirando hacia el lugar donde me encuentro, como despidiéndose en silencio.
Termina de entrar dejándome cada vez atrás con el dolor de mi pecho.
El sobre era blanco, grueso, con un peso que hablaba de tradición y poder. En el centro, grabado en bajo relieve con tinta dorada, destacaba el escudo de la familia Visconti: una serpiente coronada devorando a un ser humano. Occia lo reconoció de inmediato. No era solo un símbolo nobiliario, era también una advertencia.Sostuvo el sobre entre los dedos, sin abrirlo aún, y caminó hasta el estudio donde Livia revisaba unos documentos. La luz entraba por la ventana con suavidad, iluminando los pliegues de su túnica.—Llegó una invitación —anunció Occia, alzando apenas el sobre.Livia alzó la mirada. Bastó ver el escudo para fruncir el ceño.—¿Visconti?—Nigro Visconti en persona. Firmada con su sello.Livia se puso de pie. Caminó lentamente hacia Occia, y tomó el sobre como si contuviera veneno.—No confío en ese hombre.—Yo tampoco —respondió Occia, con calma—. Pero en este momento no podemos permitirnos declinar una invitación así. No sin levantar sospechas. No podemos aislarnos.Livia
El hemiciclo del Senado vibraba como una caldera a punto de estallar.Los escaños del bloque conservador se agitaban en protesta. Los senadores gritaban, se interrumpían unos a otros, levantaban los puños en el aire como si quisieran imponer sus palabras por fuerza. En el centro del recinto, el presidente del Senado intentaba en vano devolver el orden, mientras las cámaras captaban cada segundo en alta definición.—¡¡No cambiaremos ni una coma!! —bramó Gneo Valerio Rufus, erguido como una columna antigua—. ¡No vamos a traicionar dos mil años de tradición por sentimentalismos de moda! ¡Una vestal no puede ser una mujer común!—¡Lo que proponen es esclavitud disfrazada de virtud! —respondió una senadora más joven, visiblemente indignada—. ¡Estamos legislando sobre niñas a las que ustedes jamás escuchan!La televisión estatal transmitía el debate en vivo. Las redes estallaban. Algunos canales ponían traducción en varios idiomas. En las plazas de Roma, la gente se agrupaba alrededor de pa
El debate legislativo sobre el artículo 27 había sido suspendido sine die.Ni los senadores más vocales se atrevieron a retomar la discusión tras el ataque. Roma necesitaba tranquilidad y duelo.Días después, en el Atrium Vestae, no quedaban rastros del humo ni del pánico. Solo el eco constante de escobas, cántaros de agua y cánticos bajos, como una respiración colectiva.Las vestales trabajaban en absoluta serenidad , rodeadas por mujeres elegidas para asistir en la reconstrucción del templo. No era una restauración técnica, era un acto solemne. Una reconstrucción del vínculo entre lo sagrado y la tierra herida.Ningún hombre podía cruzar el umbral.Así lo marcaba la tradición, incluso ahora.Fuera, la Guardia Vestal mantenía su posición. Atenta. Tensa.Logan Sharp estaba entre ellos. De pie, con los ojos clavados en la entrada como si pudiera atravesar el mármol con la mirada. Cuando Catalina salió brevemente, para tomar aire, sus ojos se encontraron.Fue solo un instante.Pero en e
De inmediato el equipo de élite comenzó sus tareas.En lo profundo de los túneles de Ostia Antica, entre ruinas selladas al turismo y corredores olvidados por el Estado, la Orden Umbra celebraba uno de sus rituales más reservados.Jean Leloir descendió por la escalera angosta sin decir palabra. Había tardado semanas en conseguir ese acceso. Su contacto lo había introducido como un simpatizante extranjero, veterano de guerra, cansado de la decadencia imperial. Había aprendido a escuchar más de lo que hablaba, a vestir como ellos, a moverse con el sigilo de un converso.A su lado, Marcella Aetius llevaba una capucha oscura. Su postura era la de una fiel, pero su mirada absorbía cada símbolo en las paredes, cada rostro en la penumbra. Cassian Drussus cerraba el grupo, silencioso como un eco contenido. Había infiltrado células antes. Sabía cómo se movía la fe cuando se tornaba rabia.Los túneles se abrían en una cámara circular. Al centro, una llama tenue crepitaba sobre un brasero metáli
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