La televisión estaba encendida, pero sin volumen. Las imágenes se repetían como una letanía muda: el humo saliendo por las ventanas del templo, el fuego extinguiéndose en cámara lenta, los encapuchados huyendo entre sombras, y luego Chiara, con la túnica manchada, entrando en la ambulancia. Cada cadena ofrecía su análisis, su panel de expertos, sus opiniones cruzadas. Pero todas coincidían en lo esencial: el fuego se había apagado. Y Roma temblaba.
¿Qué clase de calamidades sucederían?
Catalina