El salón del Palazzo Massimo resplandecía con luces cálidas, música discreta y cristales tintineando entre brindis y saludos de cortesía. Era una gala de caridad, una de tantas organizadas por fundaciones imperiales en nombre de causas nobles, donde la política, el espectáculo y la devoción convivían bajo los mismos candelabros.
Catalina llegó puntual, como siempre, acompañada por Alessia y Occia. Vestía una toga moderna en tonos marfil y dorado, sencilla, pero impecable, sin joyas salvo el ani