Dentro del Atrium Vestae, solo una sacerdotisa velaba el fuego sagrado. Chiara, envuelta en su túnica, mantenía la mirada fija en las llamas que danzaban dentro del focus, con una serenidad adquirida a fuerza de disciplina. Afuera, pero lo suficientemente cerca, su custodio —Lucio, joven, de ojos oscuros y alerta constante— no bajaba la guardia. Las demás dormían. El silencio era casi absoluto, salvo por el crepitar bajo del fuego eterno.
Hasta que se escuchó el primer estallido.
Vidrios rot